
Somos seres hechos de tiempo. No sé quién lo dijo. Pero el tiempo no deja de ser una convención, un acuerdo frágil sobre el que asentar la existencia. Así, cuando adelantamos los relojes cada primavera, nos parece que se ha pulverizado esa hora en el sumidero de la historia. Para colmo, se hace con nocturnidad, casi sin avisar, y cada situación del día siguiente parece que transcurre perezosa, como si hubiera dormido menos la noche anterior, igual que nosotros. Estamos hechos de algo que, en esencia, no existe, como se ha encargado de recordarnos estos días el físico Carlo Rovelli. Entre átomos, el tiempo carece de perspectiva. Sigue leyendo en El Subjetivo…
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