La vida en voz alta

Hay una fotografía muy conocida de Sylvia, encaramada a una medianera de piedra en York, como si la cabalgara con un pie en el estribo. En su regazo reposa sin aparente esfuerzo una máquina de escribir. La sostiene con una mano, mientras con la otra repasa lo escrito, eso que hoy se hace con una sola tecla para retomar el hilo de un pensamiento que se quedó más arriba. La imagen es una bonita metáfora de su vida como escritora, siempre cabalgando en el filo de la interrupción, como si fuera a estar horas ahí sentada sin que nada ni nadie la molestase.

“Estoy sola en mi habitación, entre dos mundos”, escribirá en su diario. Ahí, a horcajadas, rumia y sopesa lo que se espera de ella y lo que anhela ser. Siempre se vio con capacidad de honrar esos pensamientos.“Vi mi vida desplegándose ante mí como las ramas de la higuera verde… En la punta de cada rama, como un grueso higo morado, me hacía señas y me llamaba un futuro maravilloso. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era una famosa poeta y otro higo era una brillante profesora y otro higo era (…). Me veía sentada en la horquilla de la higuera, muriéndome de hambre, sólo porque no podía decidir qué higo quería elegir. Los quería todos y cada uno, pero elegir uno significaba perder todos los demás…”. 

Sylvia son muchas mujeres. Es Virginia Woolf y Emily Dickinson, como dice  el director Fabrice Murgia en el programa, es su amiga Anne Sexton y Katherine Mansfield y Simone de Beauvoir. Toda esa solidaridad entre generaciones es lo que quiere mostrar con el concurso de nueve actrices y una cantante. Todas son la misma y cada una. Todas ellas. 

Hay un mito sobre Sylvia Plath que se parece a un relato cinematográfico contado con tono tremendista y desaforado. Una imagen que surgió en los años posteriores a su muerte y que no admitirá variaciones hasta la aparición, veinte años después, de sus diarios completos. Una lectura reposada nos muestra la crudeza de una escritura que, sin embargo, rezuma sencillez y serenidad. Algo que no advertimos en el tono con que se suele hablar de esta escritora y que contagia a esta obra. Se echa de menos una mirada al mundo interior que generaron esos versos y que alumbraron esa escritura tan “clásica” —como le recordaron sus críticos en vida—, cotidiana y acerada.

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Fotos: © Hubert Amiel

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